Milena Galiano - Agencia Comunica

20/10/2026

Muchas personas comienzan a emprender porque encontraron una manera de hacer lo que saben. Otras, porque descubrieron un oficio. Algunas lo hacen porque quieren manejar sus propios tiempos. Muchos productores llegan después de perder un empleo, porque el salario no alcanza o porque las puertas del mercado laboral formal empiezan a cerrarse. Entre las distintas realidades, la frontera es difícil de marcar: la economía popular puede ser una elección, pero también puede aparecer como una necesidad, cuando ya no quedan alternativas.

Al observar los datos del registro de emprendedores y trabajadores de la economía popular del partido de Olavarría del municipio, se observa que, en primer lugar, el  68,8% de las personas encuestadas tiene esa actividad como ingreso complementario, mientras que para el 31,2% constituye su principal fuente de ingresos. Estos números, lejos de contar una única historia o realidad, hablan de distintas relaciones con el trabajo.

Solange Rivarola, coordinadora de Economía Popular del Municipio explica que “hace mucho tiempo el sector de la economía popular viene creciendo, porque eso tiene correlación con el ámbito del mundo laboral formal”. Para la referente, el crecimiento del trabajo autónomo no puede pensarse por fuera de las transformaciones del empleo en relación de dependencia. “El sector de trabajo en relación de dependencia cada vez es menos, hay cada vez menos oferta o el poco trabajo que hay no está bien pago”, agrega. 

La diferencia entre elegir un emprendimiento y necesitarlo también aparece en los datos de la Oficina de Empleo que menciona Rivarola: desde junio registran alrededor de 30 fondos de desempleo por mes. Son personas que, según su mirada, se quedan sin trabajo y pueden encontrar en un emprendimiento una posibilidad de reconstruir sus ingresos. “Creo que el sector de la economía popular, sobre todo en los últimos años, es consecuencia de que el empleo formal cada vez es menos y que obviamente la gente necesita vivir, necesita un trabajo, un medio de sustento de vida y el trabajo de manera autónoma es una forma”, plantea Rivarola.

Sin embargo, tener una idea, un oficio o una habilidad no siempre alcanza para convertirla en un ingreso estable. Rivarola explica que “en Olavarría hubo muchos despidos. Probablemente muchas personas hayan invertido su indemnización en algún negocio propio. Si es que se puede, ¿no? No siempre se puede”.

Los datos del registro del municipio corresponden al periodo 2024-2025. Con respecto a esto, considera que, si las mismas preguntas se realizaran nuevamente hoy, probablemente mostrarían una mayor incidencia de estas situaciones. “La exclusión del trabajo formal se ha acentuado mucho más este año”, sostiene.

El tiempo que nunca alcanza

El 85% de las personas relevadas en el registro son mujeres. En el ámbito de “La Posta”, donde trabajan emprendedoras y trabajadores de la economía popular, alrededor del 90% son mujeres.También son mayoría en las consultas y reuniones que organiza el municipio. “Históricamente las mujeres siempre hemos tenido más problemas para acceder al trabajo formal”, plantea. A eso se suma una distribución desigual de las tareas domésticas y de cuidado que condiciona las posibilidades de sostener un empleo con horarios más rígidos.

Un emprendimiento puede permitir organizar los tiempos de otra manera. Trabajar desde la casa, elegir cuándo producir o adaptar una jornada puede hacer posible combinar una actividad económica con el cuidado de los hijos y otras responsabilidades familiares. Esa flexibilidad tiene una contracara, ya que muchas veces no significa trabajar menos, sino intentar el trabajo en los espacios que dejan libres las tareas de cuidado. La pregunta no es solamente por qué tantas mujeres emprenden, sino qué condiciones las llevan a hacerlo. Para Rivarola, la respuesta obliga también a discutir quien cuida y cómo se distribuyen esas tareas: “las tareas de cuidado tienen que ser más distribuidas con toda la familia y no una tarea que recaiga siempre en las mujeres.”

"La Posta": un espacio que reúne gran cantidad de mujeres

Por otro lado, el registro muestra otro dato llamativo: el 40,4% de las personas declaró facturar entre $0 y $66.000, mientras que el 28,2% respondió que no sabía cuánto facturaba. La referente advierte que esos números necesitan ser puestos en contexto: “ninguna persona vive con 66.000 pesos por mes”. La explicación puede estar en que el emprendimiento sea complementario a otro empleo o a otros ingresos del hogar. El relevamiento consulta por cuanto se factura específicamente por esa actividad, no cuánto dinero ingresa en total a la familia.

El dato también abre la interrogante sobre la diferencia entre vender y gestionar un emprendimiento. “Cuando nosotros nos encontramos con los emprendimientos, es muy común que no registren, que no lleven datos de gestión y planificación”, cuenta Rivarola. Por esto, desde el área municipal realizan talleres vinculados con la administración y organización de los proyectos. Gestionar un emprendimiento puede ser difícil: “en la urgencia de tener un ingreso, hacen lo que pueden, registran más o menos cuanto salen los insumos”, explica. Sin conocer los gastos, se vuelve más difícil saber cuánto debería valer el propio trabajo y que posibilidades existen de hacer crecer la producción. 

Aprender a trabajar con otros

Según el informe, las unidades productivas individuales son ampliamente mayoritarias y apenas el 14,2% de las personas emprende de manera colectiva. Este dato, para la referente, tiene una explicación cultural y educativa: “estamos muy acostumbrados a trabajar de manera individual. El asociativismo, el método de trabajar con otros y con otras es algo que no nos enseñan”. La formación nos suele preparar para terminar los estudios y buscar un empleo. La posibilidad de construir un proyecto económico propio, aprender a gestionarlo e incluso asociarse con otras personas, aparece mucho menos.

Trabajar colectivamente puede modificar las posibilidades de un emprendimiento. Una persona puede tener una máquina que otra necesita, otra puede saber cómo producir algo que la primera desconoce. Juntas, pueden aumentar la producción, reducir costos, compartir conocimientos y acceder a mercados a los que, individualmente, sería más difícil llegar. La lógica asociativa no es de competencia, sino por el contrario, propone una nueva mirada de ver qué puede enseñarme esa persona que yo todavía no sé, y así mejorar mi producción. 

Los porcentajes del registro permiten contar cuántas personas forman parte de la economía popular, qué lugar ocupa esa actividad en sus ingresos y cuáles son algunas de sus características. Pero detrás de los números, siempre hay cuestiones más difíciles de medir, como cuánto tiempo se destina a producir, cuánto cuesta sostener una actividad, qué parte de ese trabajo ocurre mientras se cuida a alguien y qué posibilidades reales existen de convertir ese ingreso en un proyecto de vida.

La economía popular aparece así en una zona atravesada por contradicciones. Puede ser una forma de autonomía y, al mismo tiempo, una respuesta ante la falta de empleo. Puede permitir organizar los tiempos y también extender la jornada laboral. Puede comenzar como una estrategia individual de supervivencia y transformarse, con organización, en una experiencia colectiva.

El debate entonces es, quizás, por qué emprenden las personas, en qué condiciones lo hacen y qué posibilidades tienen de que ese trabajo alcance para vivir. Detrás de cada producto terminado, hay horas de trabajo que muchas veces no aparecen en ninguna cuenta. Y en una ciudad donde cada vez más personas buscan una forma propia de generar ingresos, esa parte de la economía también dice algo sobre el presente del trabajo.