Notas

La mujer que miró la luna

Desde una infancia marcada por la curiosidad y el apoyo familiar hasta convertirse en una de las primeras ingenieras de la FIO y referente en género en carreras de ciencias duras, la historia de Silvia García de Cajén revela cómo las trayectorias personales pueden transformar estructuras que parecían inamovibles.

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Sofía Cascallares (*)

Es martes, y la Facultad de Ingeniería de Olavarría parece suspenderse entre una calma breve entre clases y el movimiento de todos los días. En el Departamento de Formación Docente, Silvia García de Cajén sostiene una taza de café (que ya empieza a enfriarse). Son las 13.31 y el ambiente acogedor de su oficina nos envuelve. A una puerta de distancia, sus compañeras continúan con el trabajo habitual.

Habla tranquila, pero con ritmo; con esa cadencia que tienen quienes dominan el aula y la pausa. Me ofrece un café, que rechazo, y enseguida empieza a contar. No deja silencios largos, cada historia se encadena a otra, como si su vida fuera una sucesión de proyectos que se tocan, se expanden y siguen andando. Y lo hacen.

En un momento, su relato nos hace viajar a un recuerdo en blanco y negro: una niña de 12 o 13 años que observa, fascinada cómo el hombre llega a la Luna. La televisión, en blanco y negro, ilumina el comedor de una casa en Azul. Afuera es 1969 y el mundo se ensancha en los titulares y las transmisiones de la época; adentro, una niña percibe que algo distinto es posible. Para muchos, la alunización era un hito lejano; para ella, una revelación: “Yo quiero ser ingeniera” dice, sin saber que esa frase marcará su destino. En ese momento, la curiosidad por la ciencia y la fascinación por lo posible se le grabaron como una certeza. De aquel momento lejano (de cohetes, trajes espaciales y revistas que hablaban de tecnología y también de amor) nacería una vocación doble: la curiosidad por entender cómo funcionan las cosas y la necesidad de explicarlas. Años después, esa misma niña sería una de las primeras mujeres ingenieras egresadas de una Facultad que apenas estaba dando sus primeros pasos.

Su casa estaba ubicada sobre la hoy llamada Avenida Perón, una de las calles principales de la ciudad. A pocas cuadras, sobre otra avenida, el Colegio Normal que la vio crecer. Ahí cursó toda la primaria y la secundaria, entre distinciones, reconocimientos y medallas de honor. Cuando los adolescentes aprovechaban a pasear por el parque y los adultos se abocaban a sus trabajos, Silvia ya se dedicaba a enseñar. Con tan sólo 15 años preparaba a estudiantes, que viajaban incluso desde otras localidades, para rendir exámenes de la escuela o de ingresos universitarios. La mesa de su casa se transformaba en aula, las hojas y cuadernos se apilaban entre las tazas y apuntes de hasta 4 alumnos a la vez, y la voz de una adolescente se imponía con claridad. No lo hacía por obligación, sino que parecía un modo natural de ordenar su pensamiento y conocimientos, de compartirlos, de hacerlos circular. “Desde los quince trabajo enseñando”, recuerda, con esa mezcla de orgullo y naturalidad que da el tiempo.

Marta, su hermana, al pensar en ella y recordarla, usa una palabra que parece definirla: curiosidad. “Silvia siempre fue muy curiosa, muy estudiosa”, una nena que destacaba en la escuela y que desde muy chica mostraba una movilidad interior e intelectual difícil de pasar por alto. En la casa de los García, el estudio y la lectura era una forma de estar juntos: “En casa había una gran inquietud cultural. Mi padre y mi madre leían, trabajaban y nos estimulaban muchísimo a estudiar. Nos enseñaron que el estudio no es un gasto, es una inversión”. Y enfatiza que ese acompañamiento constante hizo posible que cada uno siguiera su propio camino.

Esa base familiar (estudiosa, afectiva, presente), ese clima de estímulo y conversación intelectual, parece haberle dado a Silvia la confianza silenciosa de quien crece sabiendo que puede. Lo que después se volvió vocación, tuvo antes forma de acompañamiento.
A mediados de los setenta, Argentina se movía entre incertidumbres políticas y transformaciones sociales. Con una sociedad con niveles de violencia elevados y proviniendo de una familia de 6, para una joven de Azul interesada en la ingeniería, el futuro parecía remoto. Irse a Bahía Blanca o a La Plata parecía impensable. Hasta la mañana del 10 de octubre de 1974.

Silvia se levantó temprano, como todos los días, para ir a la escuela. Como era de las primeras en levantarse, estaba encargada de juntar el diario El Tiempo que rigurosamente cada día dejaban en la puerta de su casa. Esa mañana, al mirar la tapa, Silvia encontró una noticia que cambiaría el curso de su vida para siempre: la creación de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires y con ella, la Facultad de Ingeniería en Olavarría. “Ese día me cambió la vida, mi sueño se iba a poder cumplir”, dice. Su voz se suaviza, como si aquel asombro todavía estuviera presente y la emoción también llega a nuestros ojos: se abría una posibilidad nueva sin tener que alejarse tanto de casa.

En aquel entonces, la creación de la UNICEN significó más que una noticia académica: fue una puerta abierta en un territorio donde la educación superior parecía reservada a las grandes capitales. En plena década del setenta, con un país convulsionado entre gobiernos de facto y breves retornos democráticos, acceder a la universidad pública en el centro bonaerense implicaba también una apuesta por el futuro.

La UNICEN nació en 1974 bajo el impulso de políticas de federalización de la educación superior, y lo que anteriormente formaba parte del Instituto Universitario “Alfredo Fortabat”, comenzó a ser la Facultad de Ingeniería, que se instaló con un propósito concreto: descentralizar el conocimiento técnico y formar profesionales para el desarrollo regional. Para una joven mujer del interior bonaerense, esa posibilidad fue una ruptura con el destino habitual de las mujeres de su generación, pero también con el mapa educativo de su tiempo. Elegir ingeniería en ese contexto no era solo una decisión académica, sino un gesto político, aunque ella aun no lo supiera.

Poco tiempo después de ese día de octubre, viajó a Olavarría a inscribirse. Su relato nos permite ver, como en una película, cómo fue ese momento. En esa época, la facultad aún no contaba con el espacio en el que ahora estamos reunidas, sino que funcionaba en la Escuela Técnica, frente al actual campus, donde cursaban sólo varones. Silvia recuerda entrar al edificio de la Escuela, recorrer los pasillos del subsuelo hasta el final, donde hacían las inscripciones, con el peso de las miradas a su alrededor. Pidió la planilla de Ingeniería Electricista (carrera que luego se convirtió en Electromecánica). Al otro lado del mostrador, alguien la miró con desconcierto. “¿No te habrás equivocado, nena?”, le dijeron. Ella insistió. Era la única mujer entre trece estudiantes.

Lo cuenta sin dramatismo, pero el gesto tiene peso. Años después entendería que esa decisión, tomada sin ruido, era también una forma de desafiar una estructura.

Silvia se recibió en 1981, en un país que comenzaba a salir de la dictadura y donde las fábricas cerraban o despedían. “Época de persianas bajas, los avisos decían excluyente masculino”, me cuenta. Ante esta circunstancia, la pequeña niña de 15 años que enseñaba en su casa, volvió a resurgir. La universidad se convirtió en su lugar. Fue la primera mujer graduada de Ingeniería Electromecánica en la FIO y, poco después, jefa del Departamento. Desde entonces, su vida profesional se trenzó con la docencia universitaria y la formación de profesores.

Durante la entrevista, cada anécdota se enlaza con otra, sin esfuerzo. Habla de computadoras, de viajes, de proyectos. Su mundo está lleno de aristas. En los años ochenta capacitó a personas de toda la provincia en el uso de computadoras. “Con el decano trajimos las primeras computadoras. En ese momento, para usar computadora había que programar sabiendo lenguaje. Hoy los chicos hacen todo desde un celular”, comenta entre risas. Esta actividad dejó en evidencia nuevamente su capacidad para enseñar; ella viajaba a Buenos Aires los sábados a capacitarse con gente proveniente de todo el país, y luego recorría la provincia capacitando a otras personas, ya que era referente provincial. Su don para enseñar y manejar los grupos más variados de personas, se volvían evidentes una vez más.

El tono se vuelve más íntimo cuando recuerda su doctorado en la Universidad de Santiago de Compostela, en España, donde se especializó en Didáctica de las Ciencias. Logró completarlo mientras criaba a su hijo, de tan sólo unos meses. El apoyo de su compañero, José Luis, fue determinante: ante sus dudas, él no titubeó al decirle “Vamos, yo te acompaño”. No lo presenta como sacrificio, sino como parte de un camino compartido. “El título más importante es el de ser persona”, dice, y el silencio que sigue suena como una pausa medida. Una vez más, se evidenciaba la importancia y el privilegio de tener un gran sostén familiar.

Nuevas miradas

En un momento de nuestro encuentro, Silvia menciona algo que resuena, como una bisagra: “Recién hace cinco años se me cayó la venda de los ojos”. Durante muchos años, Silvia no se sintió parte de una minoría; ese momento marca su punto de viraje. No se refiere a un cambio súbito, sino a un proceso de conciencia. Comprendió, desde la experiencia, cómo las desigualdades de género también atraviesan los laboratorios, las aulas, los congresos. Esa toma de conciencia la llevó a comprometerse activamente con la transformación del ámbito donde construyó su carrera.

Su relato sobre “la caída de la venda” no es solo una experiencia personal: expresa un fenómeno generacional. Durante décadas, las carreras STEM —ciencia, tecnología, ingeniería y matemática— funcionaron como espacios masculinizados, sostenidos por imaginarios que asociaban la razón y la técnica al mundo de los varones. Las mujeres, cuando lograban entrar, solían hacerlo en soledad y sin referentes.

Según diferentes estudios (informes de UNESCO, de la Red Argentina de Género, Ciencia y Tecnología, entre otros), las ingenierías siguen siendo uno de los ámbitos más resistentes al cambio: los porcentajes de mujeres rondan entre el 25%. Y aunque el discurso de igualdad avanza, las prácticas y los estereotipos persisten.

La socióloga Dora Barrancos suele recordar que la feminización del conocimiento no consiste solo en sumar mujeres, sino en transformar las lógicas del poder que históricamente han definido qué saberes se consideran legítimos. En esa línea, proyectos como la Cátedra Matilda y los programas de género en universidades públicas representan un movimiento más amplio: el intento de repolitizar la ciencia y volverla un territorio habitado por miradas diversas.
En esa transformación, las historias como la de Silvia (y de tantas otras pioneras) funcionan como memoria y como espejo.

Su incorporación a la Cátedra Abierta Latinoamericana Matilda y las Mujeres en Ingeniería fue parte de esa corriente de cambio. La iniciativa, creada en 2020, reúne a instituciones y referentes de toda la región para promover la igualdad en los campos de ciencia, tecnología, ingeniería y matemática (STEM).
La decana de la Facultad de Ingeniería, María Peralta, destaca su rol en ese proceso: “En 2020, cuando se creó la Cátedra Matilda, Silvia fue designada referente por el Consejo Académico”, que ella asumiera el rol de referente fue algo natural. A partir del año siguiente, en 2021, Silvia comenzó a coordinar el Comité de Investigación con otras colegas de Colombia y dio un impulso enorme al trabajo institucional. Gracias a su experiencia en educación y su rigurosidad, hoy tenemos un lugar ganado a nivel nacional y regional en temas de género en ingeniería.

María también destaca que su labor va más allá del aula: articula con docentes, no docentes y estudiantes. Gracias a ese trabajo sostenido, la FIO consolidó un grupo propio de Mujeres en Ingeniería, llamado MIFIO, desde donde impulsa acciones con enfoque de género: talleres sobre igualdad, actividades por el 8M, el 11F y el 23J, entre otras. La Facultad, que alguna vez la recibió como única mujer en el aula, hoy cuenta con políticas institucionales que acompañan ese cambio cultural, en sintonía con las acciones de la Universidad Nacional del Centro y su Área de Género.

Entre sus aportes más recientes, Silvia lideró investigaciones sobre cómo perciben los estudiantes la relación entre ingeniería y género. “Los discursos son de igualdad, pero cuando resuelven problemas aparecen los estereotipos”, señala, sin resignación. Habla con la convicción de quien confía en la educación como herramienta de transformación.

Aunque está formalmente jubilada, sigue dando clases. “Me levanto cada día como si fuera el primero”, dice con una sonrisa. Sus materias, centradas en la enseñanza de la Física y la Metodología de la Investigación, conservan su sello: la exigencia, la claridad, el entusiasmo.

Durante la hora que compartimos en su oficina, Silvia casi no se detiene. El café se terminó a mitad de la charla, probablemente ya frío. Su relato se mueve entre dos polos: la memoria familiar y la construcción colectiva. Su historia podría resumirse en una línea que une la curiosidad infantil de quien mira al cielo con la vocación adulta de quien enseña a mirar más lejos. Entre ambos extremos hay una continuidad silenciosa: el deseo de entender y de compartir.

La misma serenidad con que responde cada pregunta se convierte en una certeza: las estructuras cambian cuando alguien, con convicción, las habita de otra manera. En su caso, la ciencia y la igualdad no son caminos paralelos, sino una misma trayectoria que empezó, quizás, aquella noche en que una nena miró la Luna y descubrió que había más de una forma de llegar.