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Ana María Paladini: bailar incluso cuando el sueño se apaga

Profesora de folklore y referente comunitaria en Olavarría, Ana María Paladini ha construido durante años espacios de danza para niños, adultos y jubilados. Detrás de cada clase, hay una historia de dolor frente a pérdidas que la marcaron, pero que no lograron apagar su pasión por enseñar a bailar la vida

Ana Maria Paladini Folklore

Milena Galiano - Agencia Comunica
10/03/2026

Con lágrimas en los ojos, voz baja y casi quebrada, confiesa:
–El sueño se me apagó.
Ana lanza esa confesión como un puñal al corazón. Una frase que pareciera ser imposible para cualquier persona que la observe en sus clases. Allí, entre la música y los pasos alegres, Ana es otra cosa: una energía que empuja, una voz que anima, una mujer que repite una frase para todos los que la rodean: “No me digan que no pueden. Se puede. Vamos a bailar la vida.”
Desde hace años, el nombre de Ana María Paladini circula entre escuelas, clubes y centros de jubilados de Olavarría. Da talleres para chicos, adultos y personas mayores. Enseña danzas tradicionales, arma coreografías, organiza presentaciones y consigue ropa cuando hace falta. A veces también lava el vestuario, busca a los alumnos o los acompaña a los eventos. Muchos la conocen por eso. Por ser una profesora de folklore que da todo.
Sin embargo, su historia con el folklore comenzó mucho antes. Ana comenzó a bailar cuando era muy chica. Su hermana iba a clases de folklore y ella quiso seguirla. Así llegaron los primeros pasos, las primeras coreografías y también una experiencia que, todavía hoy, recuerda con claridad: en aquellas clases la hacían bailar el rol de varón, algo que no le gustaba y que hoy influye en cómo arma sus coreografías.

Ana Paladini Espacio cultural 13 abril

Ana Paladini en el cierre de año del "Espacio Cultural 13 de abril"

La danza estuvo siempre en su vida, aunque no de forma continua. Cuando fue madre, dejó todo. Llegaron sus hijos y su prioridad pasó a ser otra. El folklore volvió muchos años después, casi por casualidad. En un encuentro de mujeres en la pileta, un grupo quería presentar un baile folklórico y le pidieron ayuda. “Les dije: bueno, yo las preparo, les enseño lo poco que sé”, cuenta.
El grupo quedó tan conforme con lo que habían preparado que poco tiempo después la convocaron para dar clases en un gimnasio privado. Ana dudó. “Yo decía que no era profesora, que no estaba recibida”, recuerda. Había comenzado a estudiar en Buenos Aires y luego continuó su formación en Azul y Mar del Plata, pero todavía sentía que le faltaba legitimidad.
Durante un tiempo dio clases igual, aunque con una sensación incómoda: “Me sentía en falta, porque cobraba y decía: no soy profesora”. Esa inquietud la empujó a retomar los estudios ya de grande. En 2013 decidió terminar la carrera formalmente.
Dos años después llegó una propuesta que cambiaría su camino. Desde la Escuela Nº 6 —donde trabajaba su hija— le preguntaron si quería dar clases de folklore a los chicos. Ana María aceptó, y lo hizo sin cobrar: “empecé en 2015 ad honorem”, dice. Lo que siguió fue una experiencia que todavía recuerda con emoción. Con estudiantes de primero a cuarto grado armó su primer grupo, al que llamó “mis pequeños gigantes”. El problema era que no tenían nada. Ni vestuario, ni botas, ni alpargatas.
Entonces empezó a pedir ayuda. Vecinos prestaban camisas y bombachas de campo. Con su marido improvisaban vestuario para tapar las zapatillas de los chicos y hasta fabricaban boinas y corbatas con tela quirúrgica. “Eran 16 chicos”, cuenta. Con ese esfuerzo lograron presentarse en un encuentro de folklore en Olavarría.
El proyecto fue creciendo cada vez más. Comenzaron a organizar peñas solidarias para juntar dinero y sostener las actividades del grupo. Conseguían músicos que tocaran de manera gratuita, premios para rifas y salones a bajo costo. La comunidad respondía siempre. En una de esas peñas surgió una idea especial: reunir lo suficiente para llevar al mar a chicos que nunca lo habían visto.
Después de mucho esfuerzo lograron viajar a Mar del Plata. Para muchos de esos estudiantes era la primera vez que veían el horizonte abierto del mar, la primera vez que sentían el ruido de las olas o caminaban por la arena.

Escuela 6 folklore Ana

Los "pequeños gigantes" de la Escuela N°6

Las peñas continuaron en los años siguientes. Con lo recaudado pudieron comprar tela, mandar a confeccionar vestuario y lograr que el grupo tuviera su propia ropa para presentarse en los escenarios. Con el tiempo, incluso, uno de aquellos alumnos terminaría bailando en el ballet municipal. Cuando lo cuenta, Ana lo hace con un gran orgullo y emoción. Para ella, ese es el verdadero premio.
Ana María terminó finalmente sus estudios entre 2018 y 2019. Sin embargo, el título nunca fue lo más importante para ella: “el título lo tengo guardado. Siempre digo que el título no te hace la persona. El título me lo da la gente todos los días”.
Cuando la conversación se desvía hacia su vida personal, el clima cambia. Su voz se vuelve más apagada y pareciera contener el aire. Hay historias que apenas menciona y recuerdos de la infancia que prefiere no profundizar.
Lo que sí aparece con claridad, son las pérdidas. La muerte de su hija. La muerte de su nieto. Dos golpes que atraviesan cualquier relato y que todavía hoy pesan en cada una de sus palabras. Explica que tiene a su marido, su mano derecha. Explica que tiene a sus hijos, que tiene a sus nietos y que su familia sigue siendo su sostén. Pero hay algo que falta, algo que ya no está.
—Una parte grande de mí se fue.
Quienes la conocen saben que Ana es una mujer luminosa. Una presencia alegre. Una profesora que contagia entusiasmo y que logra que chicos y grandes se animen a bailar aunque al principio digan que no pueden.
Pero al ver a Ana sentada en su mesa, con lágrimas en los ojos y una voz cargada de dolor, queda en claro que también es una mujer real, atravesada por la vida, con heridas que no desaparecen y con días en los que cuesta encontrar fuerzas.
Bailar no siempre es fácil. A veces el ritmo se rompe. A veces hay pasos que duelen y hay momentos en los que la música parece apagarse.
Aun así, Ana sigue enseñando. Sigue marcando el compás de su vida.
Y mientras sus alumnos giran, zapatean y levantan los pañuelos en cada presentación, ella vuelve a sonreír. Porque si algo aprendió después de todo, es que incluso cuando el sueño se apaga, la vida —de alguna manera— sigue bailándose.