Mujeres que se destacan
Mariana Sandoval, una historia de luchas y resiliencia
Mariana Sandoval conoce el trabajo desde chica. Madre adolescente, sobreviviente de violencia y referente de la economía popular, construyó su propio camino con milanesas de soja, ferias y años de lucha por su barrio y su familia

Milena Galiano - Agencia Comunica
6/3/2026
A los quince años, Mariana agarró sus cosas y se fue. No había un plan claro ni un lugar seguro al que llegar. Lo único que sabía, era que no podía quedarse. Una adolescente, con un bebé en brazos y una vida que parecía ya escrita por otros. Un embarazo a los catorce, un matrimonio impuesto, una pareja que la violentaba. Irse fue su primera decisión propia.
Después vinieron años difíciles. Los trabajos, los hijos, las crisis económicas, la enfermedad, las ferias de la economía popular y también las peleas por el barrio. Vinieron años de levantarse a las cuatro de la mañana para ir a trabajar al hospital. Vinieron también los días en que su salud ya no le permitía seguir y tuvo que empezar de nuevo. Otra vez.
En algún punto de su camino apareció la cocina. Primero como una necesidad. Después como un oficio. Y finalmente como una forma de sostener la vida.
Mariana es una mujer que carga décadas de trabajo en la voz. Pero detrás de la tranquilidad con la que se expresa, hay una larga historia. Una historia de enfermedad, de crianza en la pobreza, de militancia barrial, de ferias y cooperativas, de cocinar para sobrevivir y también para ayudar a otros.
Hace más de veinticinco años que Mariana prepara milanesas de soja. La receta fue cambiando con el tiempo, igual que su vida. Las primeras las cocinaba en plena crisis del 2000, cuando el trueque era una de las pocas formas de intercambio para muchas familias. Hervía la soja en una olla grande, a veces haciendo fuego afuera de la casa mientras sus hijos juntaban ramas para alimentar las brasas.
Con los años llegaron los cursos, la formación y los títulos. Ocho certificados en gastronomía que consiguió después de que una neumonía hospitalaria la obligara a dejar el trabajo que había sostenido durante casi veinte años. No fue fácil. Pero ella sabía que tenía que salir adelante si o si.
En ese camino descubrió algo que marcaría su destino: el valor de la comunidad. Las redes de mujeres, los espacios colectivos y el trabajo compartido empezaron a formar parte de su vida cotidiana. Lo que primero apareció como una necesidad, terminó convirtiéndose en una forma de entender el mundo.
Las ferias fueron el siguiente paso. Hace más de ocho años que Mariana vende en La Posta, una feria que reúne a trabajadores de la economía popular. Hamburguesas, milanesas y panificados. Cosas hechas a mano, vendidas con paciencia.
Antes de la pandemia llegó a vender cuarenta docenas de milanesas de soja en un solo día. Hoy la realidad es otra. Las ventas bajaron, la economía golpea y el trabajo muchas veces queda en la mesa sin compradores. Cuando eso pasa, Mariana hace lo que puede. Reparte, regala, vuelve a empezar al día siguiente. “Es una rueda que no tiene fin”, explica.

Mariana en “La Posta”, un mercado solidario creado por el Programa de Economía Social, Solidaria y Popular de la FACSO
Desde sus comienzos, Mariana forma parte de la Cooperativa Madre Tierra, surgida en el entorno de la Facultad de Ciencias Sociales. Durante años trabajaron con distintos proyectos productivos. Durante 4 años, la cooperativa mantuvo un convenio con una escuela para ofrecer desayunos y meriendas saludables. Era un ingreso pequeño, pero estable. Hace poco ese proyecto se frenó sin explicaciones. Cinco familias quedaron sin ese trabajo.
La vida de Mariana no está atravesada solamente por el esfuerzo personal, sino por la idea de comunidad. Por la convicción de que el trabajo también es una herramienta para ayudar a otros. Durante dos años, dio clases gratuitas de cocina en Casa Valeria. Enseñaba a hacer pan y preparaciones básicas a mujeres del barrio. No cobraba nada. Simplemente compartía lo que sabía.

Mariana, reconocida por su compromiso con la empresa, el comercio y la economía popular, en los premios Dina Pontoni 2024
Mariana no duda cuando se le pregunta qué significa para ella la economía popular. “Para mí es todo”, dice. “Fue un antes y un después. Sin un trabajo estable no iba a poder mantenerme”. Durante años lo hizo con lo más simple: “Con mis rosquitas y mis tortas fritas salimos adelante”. Y agrega algo que repite como una convicción: “No es humillante vender tortas fritas o rosquitas. Todo lo que hagas con tus manos y con la frente limpia te permite salir adelante”.
Cuando la conversación se detiene en su infancia, Mariana baja la voz. Hace una pausa larga antes de hablar. “Mi infancia fue bastante dura”, confiesa. Su madre estaba ausente. Su padre, en cambio, ocupaba todos los lugares. “Todo lo que aprendí, lo aprendí de él”, dice.
Años después, cuando Mariana formó su propia familia, se mudó al barrio conocido como El Pasillo. Casas de barro, techos precarios, pozos contaminados. Condiciones difíciles para cualquiera, pero especialmente para una familia con niños.
El punto de quiebre llegó cuando su hija Ángela se enfermó gravemente por el agua contaminada. Ese día Mariana decidió pelear.
Buscó información, encontró un artículo en la Constitución que garantizaba el acceso al agua potable y se presentó en una asamblea política para exigir soluciones. Con el tiempo el barrio consiguió agua potable, reparaciones en las viviendas y un sistema para el desagote de los pozos. Durante años, Mariana se convirtió en una de las voces que reclamaba por mejores condiciones para el lugar. “Siempre la peleé, hasta el último momento”, dice.

Mariana Sandoval en su casa, en "El Pasillo", donde vive desde 1990
Esa tendencia a involucrarse aparece en muchas escenas de su vida. Una de las más recordadas ocurrió durante una crisis económica, cuando cinco madres del barrio decidieron pedir ayuda para una vecina que no tenía qué darles de comer a sus hijos. Fueron al Concejo Deliberante con una carta. De allí las derivaron a dos supermercados grandes de la ciudad. Ellas fueron.
Cuando salieron del local, la policía ya las estaba esperando. Patrulleros, armas largas, periodistas. La noticia apareció en todos los medios locales. Mariana llegó a su casa y se encontró con los móviles de radio en la puerta. Hoy se ríe al recordarlo.
Pero lo que más la sorprende de esa historia es otra cosa: años después aquella mujer a la que habían ayudado la reconoció en una feria y la abrazó con emoción. Mariana casi ni recordaba el episodio.
“Siempre que hice cosas así fue por otro. No sé por qué, pero siempre por otro”, dice. Quizás esa frase explique mejor que cualquier otra su historia. Una historia que mezcla trabajo, terquedad y solidaridad, una y otra vez.
A lo largo de su vida Mariana también recibió ayuda. Las recuerda con nombre y apellido. Una amiga que le regaló la ropa de su hijo cuando ella se separó de una relación violenta. Una asistente social que acompañó la educación de sus hijos. Una directora que se quedó todo un verano ayudando a los chicos a rendir materias para que no abandonaran la escuela. “Siempre tuve un ángel que me dio una mano”, reconoce.
Tal vez por eso nunca dejó de hacer lo mismo por los demás. Entre las ferias, los cursos, las luchas barriales y ollas de cocina, Mariana Sandoval construyó algo más que un trabajo. Construyó una forma de vivir. Una que se parece bastante a su propia frase:
Todo lo que hagas con tus manos y con la frente limpia te permite salir adelante