Mujeres que se destacan
La mujer que nunca paró de correr
Rosana Lusetti corre con pasión. Corre con ganas, sin la necesidad de pasar a otras personas. Corre para encontrar un espacio para sí misma, uno que le permita ser ella. Con el cuerpo lleno de kilómetros, marcado por recuerdos y lesiones, aún sigue saliendo a las calles, no para competir, sino para estar bien.
Consolidación como campeona en la carrera de la mujer. Cortesía Lu32.
“Cinco kilómetros. Veintiuno. Cuarenta y dos. No quiero parar, quiero lograrlo” parecían ser las palabras que se repetían en su mente cuando la calle se había transformado en el segundo hogar de Rosana. Fueron los dos ultramaratones de cien kilómetros lo que la llevaron a desafiar su propio tiempo.
“Para mí, la competencia es conmigo misma”, dice. Mejorar un registro, llegar un poco más lejos, insistir un poco más, avanzar hasta llegar a la recta final. Hoy ese vínculo ha cambiado por completo: ya no busca marcar tiempos, ni lograr todos los podios que obtuvo a lo largo de sus carreras, “hoy ya no estoy para competir, hoy estoy para participar y dar lo mejor de mí”, explica en un tono dulce.
Su historia y marca personal en el atletismo no nace de una necesidad de transformarse en una atleta de élite, sino de una búsqueda propia, “venía de Buenos Aires con dos chicos y mi marido, era mamá a full time y necesitaba un espacio para mí”, recuerda.
Fue su conexión con la naturaleza, el ruido de los pájaros y sus memorias de cuando vivía en el campo lo que la llevó a encontrarse con el running. Al inicio “uno empieza caminando y después quiere un poco más”. El trotar le hizo sentir que a su vida le faltaban un par de kilómetros más y fue en ese momento, cuando la idea de correr en carreras de fondo iluminó a su mente.
El significado de correr para ella tiene una definición casi única, “es mi conexión, es todo para mí, aparte de mi familia. Para mí correr es muy importante, es como mi desenchufe”. En su tono de voz hay un dejo de emoción y de pasión por la disciplina, uno que inspira a ser escuchado.
Calzarse las zapatillas y la ropa deportiva no representa un peso en su rutina sino un espacio donde se encuentra a sí misma, donde ordena sus ideas, piensa decisiones, revisa sus errores. Corre tan sumergida en su mundo que muchas veces no registra su alrededor. No por desinterés, sino por una profundidad: ahí dentro, a ese ritmo, se encuentra.
En sus inicios, había pocas mujeres corriendo en las calles, “eran muy pocas las mujeres que corríamos y participábamos en carreras importantes, pero sí había muchos hombres”. El running en sus principios fue considerada como una disciplina deportiva ligada a los hombres, con una cierta presencia femenina que llamaba la atención.
Hoy el escenario es otro: grupo de mujeres entrenando, carreras multitudinarias, más cuerpos femeninos ocupando los espacios públicos y los podios de distintas categorías. Aunque Rosana no se considera como una referente, sabe que la constancia también contagia. “Si hay viento, frío, calor o puede llover, salgo y creo que eso también motiva a los demás a que se puede salir siempre”. Y los resultados llegaron de la mano del entrenamiento. Su constancia y disciplina la ubicó en los podios, no solo en Olavarría.

Un podio para el recuerdo: compartir una pasión con su hija. Cortesía: Emblema deportivo.
Nunca entrenó a medias, siempre se consideró una persona constante y perseverante. Se dedicó durante años como si fuera profesional sin serlo: doble turno, stretching, gimnasio. Solo dos parates largos, de seis meses, la obligaron a frenar. El cuerpo cuando habla, no negocia en términos físicos.
Con el tiempo aprendió a escuchar. Hoy corre distinto, pero sin perder el foco de su constancia y su pasión por el running. Sin negar su edad, pero sin rendirse a ella, demuestra que todo lo que uno se proponga, puede ser logrado. “Me considero una deportistas, más allá de los años”, aclara. Muchas otras mujeres la miran y la sienten como ejemplo, aunque su humildad no le permita decirlo en voz alta.
Su recorrido deportivo está atravesado por su familia. Su marido siempre la apoyó. Sus hijos siempre la esperaron en sus carreras, le alcanzaron agua, fruta y la alentaron. Hoy, ese círculo tiene un giro emocional: su hija corre con ella. Comparten entrenamientos, una pasión y el sueño de correr una maratón juntas, “para mí es un orgullo que ella tenga la misma pasión que yo, es un orgullo estar corriendo con ella”, cuenta con emoción.
Sin parar, sin frenar, siguiendo el camino
Rosana corrió 5KM, 21KM, 42KM y dos ultramaratones de 100 kilómetros. Más allá de las distancias que marcó, lo que sostiene su historia es una fuerza mental profunda. “Es una fuerza propia, te decís constantemente “yo voy a poder”. Salís mentalizada de qué vas a poder”, dice. No es repetir una frase, es una preparación, un enfoque, una decisión.
Su historia se vuelve símbolo de resiliencia. No de una atleta profesional, sino de una mujer que eligió el correr como una forma de habitar el mundo. Que encontró en las calles un lugar propio, que el tiempo se anula cuando hay un objetivo de por medio. “Si a vos te gusta algo, hacelo, no pongas excusas, hacelo porque vas a poder”, exclama.
Rosana sigue corriendo. No para ganar. No para ser un nombre reconocido en la ciudad, aunque lo sea. Lo hace para estar bien, para encontrarse, para recordar que mientras el cuerpo acompañe, siempre hay un paso más que dar.