Una gran escapista
Psicopedagoga del Área de Orientación y Bienestar de la Facultad de Ingeniería, madre y cantante, Florencia Bellomo parece no detenerse nunca. Inquieta, apasionada y luminosa, vive buscando —en medio de todo— volver siempre a lo simple
Milena Galiano (*)
Su casa respira calma y orden. Sin embargo, todo en ella vibra. En la mesa, un mantel de hilos de colores sostiene una vela blanca. Las paredes del comedor se alternan entre rosa y verde agua. Ella entra rápido, dejando una estela de perfume y una risa fácil. Se disculpa por la demora, pero no parece apurada. El aire cambia cuando entra. Tiene algo que magnetiza.
Mientras habla, se mueve. Va y viene, apoya la cartera, prende la pava, acomoda algo en la silla. Su voz se pierde en la cocina. Tararea. No canta para nadie, pero canta. Una melodía bajita que no logro reconocer, pero que suena alegre.
Se sienta frente a mí, curiosa, abierta, entusiasmada. Acomoda sobre la mesa una bandeja con bombones y galletitas. Sonríe. Siempre sonríe. Todo lo que dice, suena amable. Está un poco despeinada, se le nota el cansancio del día, pero su brillo sigue intacto.
Hay gente que recibe y hay gente que hace de la recepción un oficio. Ella pertenece a la segunda categoría, pero sin procedimiento ostensible: solo coherencia, gusto, y un modo de cuidar que circula por los objetos y los gestos.
Florencia Bellomo no es una persona más. Hay algo en ella —esa mezcla de prisa y calma, de risa y pausa— que anticipa una historia.
***
De pequeña era intensa, ruidosa e inquieta. Su casa era su escenario. Marina, su hermana mayor, la recuerda con un secador de piso en la mano, el palo apoyado contra el zócalo como si fuera un micrófono, los pelos alborotados y una energía que parecía no agotarse nunca. “Flor era la roquera”, dice. En una familia donde todos cantaban tango, eso era una declaración de rebeldía.
Ambas crecieron en una familia de pasiones fuertes y sobremesas interminables. Una casa donde todo se discutía a la mesa y las emociones se servían sin filtro. Marina fue la responsable, la aplicada. Flor, la rebelde.
Cuando su hermana habla de ella, lo hace con una mezcla de admiración y asombro, como si todavía tratara de descifrarla. “Florencia tiene una energía distinta, no porque sea mi hermana, sino porque es un ser distinto.” Lo dice despacio, subrayando cada palabra. “Es muy noble. Lo que ves es lo que es. Es sabia. Sabe cuándo hablar y cuándo callar.”
Y quizás ahí esté una de las claves de su carácter. Flor no se improvisa. Se piensa. Se revisa. Habita con conciencia el mundo que eligió.
Carlitos, su musa inspiradora
El pasado explica por qué ciertas decisiones se tomaron y por qué ciertas banderas se levantan. Esa misma niña: rebelde, alocada, que no le iba bien en la escuela, sería la que, años después, acompañaría a su hermano Carlitos, que nació con una discapacidad intelectual. A su vez, también sería la que vería a su madre atravesar un cáncer de mama y, sin entender del todo, aprendería que su forma de amar sería cuidando y acompañando.
–¿Qué significa volver a lo simple?
–En mi familia tuvimos muchos desafíos, cuestiones de enfermedad y adversidades. Entonces yo creo que tiene que ver con esa historia de mi vida, en donde yo me aferro mucho a lo simple. Porque creo que ahí está lo mejor de la vida. Volver a las bases, volver a las raíces.
Carlitos fue, sin querer, su primer maestro. El hermano menor, el que no tuvo diagnóstico ni nombre para su diferencia. Flor creció entre los silencios de los adultos que intentaban entender. El diagnóstico ausente dejó huecos, pero también creó una trama invisible. “Una familia, cuando hay una persona con discapacidad, funciona distinto —dice Marina—. Si se logra entender eso, es buenísimo, porque uno aprende a ayudar a otros.”
Florencia lo entendió sin que nadie se lo dijera. La vocación no nació en un aula, nació ahí: en los gestos cotidianos, los esfuerzos silenciosos, el mirar sin miedo. Carlitos fue su primer espejo, su musa inspiradora hacia el camino de la psicopedagogía.
Después vino lo de su mamá. El cáncer. El hospital. Los viajes. Las quimios. “Fueron tiempos difíciles —dice Marina—, en todo sentido. Flor convivía con todo eso, que no eran sus problemas directamente, pero también eran suyos”.
El camino hacia su vocación no fue un gesto heroico ni un destino trazado por la tragedia; fue la concatenación de pequeñas decisiones y un modo de mirar que se alimentó de lo íntimo."Nada es ajeno a la vida para mí", declara, cuando le preguntan por qué eligió su carrera.
Florencia confiesa que en los primeros tiempos “volvía de trabajar y no sabés cómo lloraba”. Pero poco a poco fue aprendiendo a transformar esa angustia en una manera de propiciar contextos distintos para los otros. No se curó a nadie con soluciones rápidas, aprendió a acompañar.
La maternidad, en su relato, tiene peso. Itatí —su hija— es una gran deportista, y con doce años ya muestra la mezcla de libertad y firmeza que Florencia intenta cultivar. “Antes de acostarnos le digo: ‘Hoy no tuvimos un buen día. No me quiero ir a dormir angustiada con esto. ¿Cómo lo podemos solucionar?’”, y en esa pequeña rutina se reconoce una práctica que condensa la comunicación como antídoto contra la angustia.
Ser madre y profesional es, para ella, un desafío de equilibrio. “Mi trabajo y ser madre es frustrante. Si bien a veces romantizo un poco, a veces me doy cuenta que no lo podemos romantizar nada. Creo que a la mujer se le exige un montón”. La frase es diagnóstico y experiencia compartida. Y su respuesta ante esa exigencia es la empatía que practica con otras madres: “Lo que te pasa a vos, me pasa a mí”, les dice, buscando construir una comunidad de cercanía y comprensión.
Esa actitud también explicita su concepción de la profesionalidad. Florencia no cree en la distancia instrumental que a veces exige la formación. Piensa que la calidez es una herramienta profesional, no una falla ética. “No me creo ser ni mejor ni peor profesional porque hago un chiste, por ejemplo. O porque sonrío de más”, dice, defendiendo una manera de ejercer la profesión que integra emoción y técnica.
Florencia Bellomo durante una charla sobre neurodiversidades en la Facultad de Ciencias Sociales
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La música en la familia Bellomo es más que un pasatiempo. Marina, la mayor, fue al conservatorio, estudió piano, se sentaba derecha frente al instrumento. Flor, en cambio, duró dos clases.
—No, no voy más —exclamó.
—¿Por qué? —preguntó su padre.
—Porque no saben nada.
Tenía nueve años y la insolencia justa de quien sospecha que algo ya lo lleva dentro. Marina se enojó con su hermana en su momento, pero años más tarde entendió: Florencia no necesitaba aprender a cantar. Le salía naturalmente.
–Yo siempre digo que la que tenía las condiciones reales, eso que tiene un artista, lo tiene ella. Si hubiese querido hubiese llegado a más. Pero no eligió eso. Ella era la que tenía la estrellita.
La música, en su vida, es la forma más antigua de volver a sí. Comenzó a cantar a los doce años, pasó por los torneos bonaerenses, ganó medallas y trabajó profesionalmente en cultura: eran sus primeros sueldos.
Florencia recuerda grandes momentos de su carrera: entradas a programas de televisión, presentaciones con la sinfónica, cantar embarazada en el aniversario de la ciudad, compartir escenario en festivales. “Algo me regala el canto —dice—. Me regala otras cosas, otros mundos, conocer gente con mucha formación. Eso es hermoso.”
Habla de la música como de un cable a tierra. “Vuelvo a lo simple. Lo simple lo encuentro cantando”.
Hay ahí una sutura entre la música y la familia: su padre, su abuelo y su hermana, cantan tango; el escenario fue una extensión de la mesa. Y sin embargo, esa inclinación por el canto no la llevó a la exclusión profesional. Eligió la psicopedagogía porque le permitía otra vida, más flexible, con espacio para la maternidad y para la cotidianeidad. Cantar y acompañar, no fue una elección excluyente sino una convergencia.
–Cuando estoy muy contenta canto. Y cuando estoy muy triste, también —dice.
La voz, para Flor, es eso. Desahogo y celebración. En los ensayos con Gastón Barreto y con Juan Loza, el canto se vuelve un hobby. Se juntan cada quince días, tocan, se ríen, discuten. “Nos juntamos los martes a tomar vino”, cuenta Gastón. “Hablamos de política, de educación, de la vida”, agrega.
En esas reuniones, Flor se muestra entera. Esos encuentros son un refugio. Una lámpara encendida, una copa medio vacía, una guitarra apoyada en el suelo. “Compartimos también una afinidad ideológica los tres. Nos declaramos algo peronchos”, dice Gastón, y sonríe.
En el modo en que prepara un encuentro, se advierte un talento natural para la anfitrionía sin exhibicionismo. “Es impoluta —dice Gastón—, todo listo, bien. No sé cómo hace. Y detesta cocinar, pero siempre tiene algo para ofrecer”.
A veces esas reuniones terminan en escenarios. Ellos tres —Florencia, Gastón y Juan— forman un pequeño ensamble que cada tanto se anima a salir del living. En diciembre, por ejemplo, participaron en la fiesta de cierre académico de los Centros Universitarios de Sierra Chica, donde tocaron ante docentes, estudiantes y vecinos.
–Flor es rara– remata Gastón, con una media sonrisa. Pero no lo dice como crítica, ni como elogio. Lo dice como quien habla de algo que no puede explicarse del todo.
Acompaña, pero no se deja acompañar
–Es una persona que cuesta cuidarla porque es impenetrable –explica su hermana–. Siempre la vas a ver con una sonrisa, ella siempre está así, pero nunca sabes internamente cómo está.
–¿Nunca la vas a ver mal, por ejemplo?
–No, no. Y si la ves mal es por cosas que no son de ella.
–¿Y qué pensás de eso?
–Yo creo que tiene que ver con que ella es sabia. Es muy inteligente. Entonces primero procesa bien internamente lo que a ella le pasa. Eso. Es difícil cuidarla, ¿viste?
Esa frase tiene la doblez de la admiración y la pena: la mujer que no permite ser atravesada por el cuidado ajeno. Y sin embargo, esa impermeabilidad no la hace insensible. Tiene una manera de procesar las heridas que, en apariencia, es hermética: primero internaliza, procesa, piensa; después comparte cuando ya encontró el sentido. Sabe cuándo hablar y cuándo callar. Esa sabiduría la convierte en un punto de referencia en el que el conflicto tiende a disminuir.
Hay un rasgo de su carácter que surge de todas las voces que la describen: es frontal. Lo que piensa lo dice. Lo que le parece injusto lo confronta. “Si la haces enojar, es explosiva”, advierte Marina. Pero ese temperamento es en defensa de lo que considera esencial. En situaciones donde percibe una injusticia con quien no puede defenderse, su respuesta es fulminante. Pone límites y corta relaciones si es necesario.
Su amigo Gastón la llama la gran escapista: va a un evento diez minutos y corre porque se va para otro lado. Aparece en las marchas, se deja ver y vuelve a desaparecer. Sabe lo que piensa y de eso actúa, participa, se compromete. Ser abiertamente peronista es también una manera de definir una posición en el mundo. Esa veta ideológica forma parte de su pulso cotidiano: participa en la fiscalización siempre que puede, y asume la participación cívica como un deber gozoso.
***
La tarde declina y la casa de Florencia queda con su aroma ordenado, con la sensación de que ahí se cultiva la práctica de la calma activa, la atención a lo cercano, la convicción de que la vida puede llevarse con intensidad sin desmoronarse.
Lo que queda, es la evidencia de una persona que ha hecho de su existencia una continuidad. El arte, la profesión, la maternidad y el afecto no son compartimentos, son maneras de la misma presencia.
Hay episodios que muestran cómo su energía produce efectos inesperados. Su hermana recuerda una conversación con colegas en la que alguien preguntó si era verdad que ella siempre estaba sonriente:
–¿Florencia es real que es así … que está todo el día con una sonrisa?
–Si, es así –respondió su hermana– Pero que no se enoje –advirtió.
Entre una y otra descripción se dibuja su mapa: el de una mujer que ilumina sin hacer ruido, que levanta las mismas banderas que la vieron crecer, y que aprendió que a veces hay que sostener incluso cuando nadie te sostiene.
Gastón la llama la gran escapista. Y puede que tenga razón.
Pero su fuga no es una huida. Es la forma que encontró de seguir moviéndose, de no quedarse detenida donde duele. De transformar el aire, cantar un rato, y sobre todo de volver —siempre— a lo simple.
(*) Trabajo final realizado para la Cátedra Redacción II, Carrera de Periodismo, Facso.
