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Los primeros pasos por la universidad

Pioneras: las mujeres que resistieron y abrieron caminos

Entre pasillos, aulas prestadas, profesores viajeros y mandatos sociales que pesaban más que los apuntes, las primeras egresadas de la Facultad de Ingeniería y la Facultad de Sociales, rompieron los moldes sociales que desafiaron la realidad y abrieron el paso a las nuevas generaciones de mujeres para que pudieran estudiar en la Universidad. La historia de Silvia Boggi y Norma Ércoli dialogan con el presente revelando una verdad: la universidad no solo se habita, también se conquista.

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Norma Ércoli jurando su título de grado como Ingeniera Civil.

En la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires las historias de las primeras graduadas conviven con las voces de las nuevas profesionales que hoy reciben sus títulos. Entre las historias de resistencia y lo que hoy es una conquista cotidiana, el trayecto de las mujeres en la educación superior dibuja una misma línea de fuerza: ocupar, transformar y ampliar los espacios académicos.

La llegada de la universidad a Olavarría en la década de los 70´s fue un hecho histórico. En tiempos de oscuridad, silencio y censura, los estudios superiores llegaron como una posibilidad inédita para quienes no podían viajar a otras ciudades, pudiendo marcar un recorrido educativo y consolidarse como profesionales.
“Había mucha gente que nunca había tenido la oportunidad de viajar, digamos, para estudiar en otro lugar” recuerda Silvia Boggi, primera licenciada en Antropología y Comunicación Social de la Facultad de Ciencias Sociales. Su testimonio condensa el clima de la época: una ciudad que soñaba con la educación como motor y un grupo de jóvenes organizados que buscaba tener nuevos conocimientos.

Habitar un mismo campus

La historia de Norma Ércoli empieza en otra disciplina: la ingeniería. En 1973, fue cuando decidió inscribirse en Ingeniería Civil, marcando un nuevo camino en el área de conocimiento. Fue la primera mujer en recibirse de esa carrera en Olavarría. A sus 18 años, mientras transitaba sus últimos pasos por el secundario, Norma caminaba con los cuadernos llenos de fórmulas, dudas de la propia juventud y una convicción que la sostendría en su futuro: “lo mío tiene que ser la ingeniería civil. Acá está la física, la matemática que a mí me gustaba”, recuerda la ingeniera civil.

Su ingreso al instituto universitario de Olavarría—en ese entonces, dependiente de la Universidad Nacional del sur— condensaba otra batalla silenciosa: no se hablaba sobre la ingeniería, por ser una ciencia más dura y diferente de las tradicionales como abogacía y medicina.

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Docentes y no Docentes recibidos en la Facultad de Ingeniería celebrando los cincuenta años de la facultad.

No solo eso, también las mujeres casi no aparecían en las profesiones más técnicas. Ingeniería química era la que albergaría durante mucho tiempo a la mayoría de ellas. “Iban muchísimas mujeres a estudiar ingeniería química y después se ubicaban en las industrias”, mientras que ingeniería civil aún no sería seleccionada por la mayoría. “La ingeniería civil era vista más como una profesión todavía más para el varón”, recuerda Norma.

Sin embargo, ella insistió y se inscribió en aquella disciplina. Se ponía el casco, los zapatos de seguridad, los pantalones e iba a la obra, enfrentándose a aquellas adversidades. Su recorrido académico fue marcado por su emoción de finalizar la carrera y convertirse en profesional: “hice la carrera con pasión, porque yo sentía que eso era lo que me gustaba”.

Mientras tanto, en otro edificio —que en un futuro, ambas facultades compartirían un mismo espacio en el campus— Silvia Boggi también estaba adentrándose en la universidad. Su tránsito fue diferente: estudió tres años de ingeniería hasta aceptar que no pertenecía a ese mundo: “estudié ingeniería además pero no terminé. Me di cuenta que no era lo mío, no me veía como ingeniera. Eran los 70s y las mujeres no tenían un lugar dentro de los trabajos tradicionales de un ingeniero o ingeniera, terminaban haciendo docencia”.

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Asunción de la primera decana de la Facultad de Ciencias Sociales, Donatella Castellani.

La decisión de cambiar de carrera le costó discusiones familiares, pero le abrió el camino hacia una nueva historia: convertirse en una de las primeras graduadas de la Facultad de Ciencias Sociales. “Empecé en Comunicación, mi papá hacía radio, era un radioaficionado. Cuando empecé a cursar y vi la antropología, me di cuenta de que me gustaba, pero estaba convencida de que no iba a repetir la misma historia de empezar la carrera y dejarla a esta altura de la vida”.

Entre dificultades, cumplir el rol de madre y trabajar para sostener a su familia, Silvia avanzó con las dos carreras sin mirar hacia atrás, “hice las dos carreras y escribí las dos tesis”.

Aunque sus trayectorias fueron distintas, Norma Ércoli y Silvia Boggi comparten un mismo punto de partida; ingresar a la universidad cuando todavía no había certezas. Cursaron en aulas prestadas, con profesores viajeros, en carreras que se estaban armando al mismo tiempo que ellas aprendían a habitarlas: “había una escuela primaria que nos cedía lo que era su salón de actos, los profesores eran todos viajeros, salvo algunos de acá que habían sido designados como ayudantes de cátedra”, explica Silvia.

Las facultades no eran edificios consolidados, sino una promesa colectiva sostenida por el deseo de estudiar. “Ir a cursar era un placer, en esos años era una maravilla ir, nadie iba obligado al teórico. íbamos porque teníamos ganas de saber, de aprender”, recuerda Silvia. Transitar los pasillos de las escuelas que prestaban lugar para los nuevos estudiantes de las carreras, hacía que el camino fuera especial “yo hice la carrera con pasión, porque yo sentía que eso era lo que me gustaba”, menciona emocionada Norma.

Desde la experiencia de ambas, el rol de la mujer en la universidad aparece atravesado por tensiones, pero también por conquistas tempranas. Norma recuerda que, durante su formación y su ejercicio profesional, nunca sintió un trato diferencial por ser mujer. Sin embargo, reconoce que sostener la profesión, la docencia y la vida familiar implicó reorganizar prioridades. “El rol de mujer, la verdad que lo viví en la profesión plenamente. Me ponía el casco, los zapatos de seguridad e iba a la obra. Conocí a mi esposo, hicimos la carrera juntos, nos casamos y bueno, uno tiene que poner los roles, aunque nunca dejé la docencia”.

Silvia, por su parte, vivió de cerca los límites que el mundo laboral imponía a las mujeres en los años ochenta y noventa, encontrando en las ciencias sociales un espacio donde la desigualdad podría pensarse, nombrar y discutirse. “Cuando nosotros entramos en la facultad, la cuestión de género no era algo que se problematizara, en el primer año. A partir del segundo o tercer año de nuestra cursada, llegó a la facultad Mónica Tarducci, que es una antropóloga feminista y ella fue la que empezó a movilizar las cuestiones de género frente a un espacio donde no había ni siquiera una cátedra en donde se trabajara eso”, recuerda Silvia Boggi.

El pasillo por donde caminamos todos y todas

Con el paso del tiempo, ambas fueron testigos de una transformación profunda. Norma observa cómo la Facultad de Ingeniería fue incorporando mujeres no solo como estudiantes, sino como docentes, investigadoras y autoridades. Hoy la FIO (Facultad de Ingeniería de Olavarría) cuenta con un equipo de gestión compuesto por mujeres en su mayoría. “El rol de la mujer ha crecido muchísimo, en todos los ámbitos, en los de la facultad, como docente y como investigadoras, siempre los grupos de investigación también han tenido mucha participación las mujeres”, concluye Norma Ércoli.

Silvia recuerda la consolidación de la Facultad de Ciencias Sociales, la elección de sus primeras decanas y la construcción de una identidad propia. En ese recorrido, la presencia femenina dejó de ser una excepción para convertirse en parte estructural de la universidad.

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Asunción de las consejeras estudiantiles en la FACSO, en 1993.

La historia de Norma Ércoli y Silvia Boggi permiten leer el antes y el después de la universidad desde una clave de género. No como una línea recta ni como un proceso que ha acabado, sino como una construcción colectiva que empezó con pocas mujeres moviéndose y manifestándose, y que hoy continúa con generaciones que ya no tienen que pedir permiso, pero sí recordar quiénes abrieron la puerta. “Todavía falta mucho camino, hay prácticas que aún se siguen sosteniendo y las cuestiones de poder hacen que el silencio caiga sobre cosas que debieran exponerse”, concluye Silvia Boggi.