Fernanda Alvarez - Agencia Comunica

4/10/2026

Me falta poco para llegar. Escucho la música católica con ritmo de cumbia en vivo cada vez más cerca: son 5 personas que cantan y entusiasman en un coro que alienta y empuja a hacer los últimos 200 metros que me separan de la Basílica de Luján.

La peregrinación termina. Me abrazo a mi hija, a mi hermana, a mi amiga. Me olvido del dolor, aunque las piernas me pesan y sonrío mientras lloro. Por lo que recé en el camino, por la gente a la que traigo, por los agradecimientos que siento, por la alegría que este año me inunda, porque estoy cansada y porque ya me olvidé de las veces que en el camino -como en alguna carrera- me pregunté por qué estoy acá. Solo que acá tengo las respuestas: la fe. Y eso me mueve.

Ya pasé los dos puentes, ya vi gente en ojotas, con cochecitos y bebés, con bastones, con parlantes,  en rollers o corriendo con sus chalecos típicos. Ya compré rosarios y cintitas con forma de pulsera en el camino, ya recibí las estampitas de las diferentes parroquias que se apuestan a la vera del camino. Este año hubo muchas menos por la lluvia, pero se las ingeniaron para estar presentes ofreciendo agua, caramelos y el mate cocido más rico que tomé en mi vida.

Ya lloré dos veces. Mi vecina de caminata más porque llevaba más pesares y no está teniendo un buen año. La señora con la que hablé parte del camino estaba peor: se le murió su hijo este año en un accidente de tránsito y dice que puteó a Dios y a la Virgen durante tres meses todos los días pero que ahora quiere amigarse y necesita paz. Otra de las mujeres con las que dialogué también lloraba mientras la escuchaba, con la diferencia de que ella llegaba a Luján para agradecer por la vida que había engendrado, después de 4 intentos y a punto de decir basta. Su bebé tiene 6 meses y la va esperando en cada una de las 7 estaciones que componen la distancia entre Liniers y Luján. Allí lo amamanta o se saca leche y sigue caminando. Lo contradictorio de la vida y la diversidad de lo que encontramos en el camino es tan conmovedor como cada historia.

Atrás quedó Moreno, mi punto de partida a las 5 de la mañana. A diferencia del año pasado que arrancamos la peregrinación con 18 grados, en el 2026 se anunciaba lluvia y el SMN no se equivocó. A casi dos horas de caminata empezó la llovizna y nosotras estábamos preparadas: cambiamos la calza corta y gorra del año pasado por zapatillas envueltas en papel film, cuidadosamente pegadas con cinta papel, y una capa de lluvia que nos cubrió en el camino. Sin el glamour de Pampita, que caminó más que nosotras, pero seguramente con muchas cosas en común con la modelo en donde se focalizaron tantas miradas. 

Las recomendaciones fueron las de cada año. Por décima primera vez leí las sugerencias de usar vaselina en los pies, llevar curitas, no cruzar hacia la vía, estar atentos en la primera parte del camino porque pasaban vehículos, avisar a la coordinadora del micro que llegamos a Rodríguez. El ritual se repite en cada grupo de peregrinos.

Este año, el dispositivo de seguridad incluyó más de 1.000 policías, 33 ambulancias, más de 50 puestos sanitarios y 6.000 voluntarios desplegados a lo largo de los kilómetros que unen Liniers con Luján. Los drones se vieron en varios puntos de la caminata, así como médicos y enfermeros tomando presión, haciendo masajes y curando algunas lastimaduras. 

La primera hora es con la adrenalina de quien empieza entusiasmado cualquier camino. Hay alegría, algo de nervios, excitación, charlas. En varios casos el cansancio se siente después de la hora y media de ejercicio, pero se sostiene el ritmo. 

El inicio, de noche.

Hay un momento en que notamos que la gente es demasiada. Muchos más que otros años. “Y así va a ser”, asegura una de las chicas, “como cada vez que hay crisis económica”. La sentencia resuena firme mientras observo un cartel en la ruta que dice “Hagan lío y organicen bien. Papa Francisco”. Otro anuncia la llegada, en un mes, del nuevo Papa a la Argentina y saluda eufóricamente “Bienvenido León XIV”.

Hay pasacalles que denuncian: “Por una patria justa, libre y soberana” y me amigo con esa Iglesia que muestra un posicionamiento fuerte y con sentido social. Recién ahí nos acordamos del Papa argentino. “Qué buen Papa metimos”, comenta un señor cerca nuestro. Y las anécdotas, porque todos recordamos una, surgen con una sonrisa en los labios, como si fuera un gol, como si se nos ensanchara el cuerpo por la rebeldía en una institución antigua, con gusto a rancio muchas veces pero que últimamente parece haberse despertado con homilías fuertes frente a las autoridades nacionales.

De hecho, el Arzobispo de Buenos Aires habló de la necesidad de dejar de lado la grieta y la violencia física y verbal. García Cuerva fue contundente: incluyó críticas al clima de intolerancia, exclusión y descalificación que llega desde el gobierno nacional. A un mes de la llegada del papa, el Arzobispo porteño tomó el liderazgo político y criticó la crueldad contra los jubilados, las personas con discapacidad y sus familias, los desocupados, quienes viven en la calle y los adolescentes atrapados por la droga.

Pasaron las primeras tres horas y las piernas lo sienten. Y la planta de los pies. Y los dedos. Ya se prepara el fueguito para vender carne aunque sea temprano. Y ensalada de frutas, y gaseosas, y todo lo que ayude a hacer unos pesos “porque la Virgen nos da trabajo en esta época del año”, asegura un vendedor de choripanes. 

Es que somos muchos, cada vez más, quienes decidimos que el primer sábado de octubre lo pasamos acá. 

 La última -y larga- etapa

 El cartel de Gral Rodríguez aparece y abandonamos la ruta para ingresar a una ciudad de 143 mil habitantes que cada año se prepara para la peregrinación. Faltan 16 km para llegar, la lluvia sigue siendo intensa y decidimos que esta vez no conviene frenar. Solo lo hacemos para aceptar un mate cocido caliente de una de las tantas agrupaciones religiosas que se colocan al costado del camino a ofrecer ayuda.

Algunos stands venden y otros regalan comida, alfajores o fruta

Jamás me gustó el mate cocido. Hasta este sábado de octubre a las 8 y media de la mañana de lluvia. Ese vasito y los consejos del personaje del pueblo nos alentó y nos dio motivo de charla. Ya somos 4 las que caminamos juntas y vamos compartiendo conversaciones y escuchando un poco de folklore de los parlantes de otros caminantes. Más adelante será Ciro y los Persas y hasta cumbia, en un viaje de varias horas en las que cada uno busca su mejor forma de entretenerse. 

Hay momentos de silencio, aunque escuchamos oraciones, rezos de rosarios, charlas ajenas, como el señor que aseguraba que si él fuera diputado, presentaría una ley para que el lunes posterior a la peregrinación fuera feriado. Más de uno lo aplaudió.

En las siete horas y media de caminata dimos varios pasos en esa introspección en la que cada una elige permanecer por unos instantes, y pienso que lo ventajoso de la lluvia es que nos permite ir más conectadas con nosotras mismas que con el celular que, ahora, va guardado y protegido. 

Es el momento en que solo queremos ver “el primer puente”, que es el ingreso a Luján. El cartel nos da la bienvenida, faltan 8 kilómetros y allí la mística religiosa se siente con fuerza: hay sacerdotes confesando, ofreciendo bautismos, impartiendo bendiciones. Ya no llueve y a pesar de los charcos podemos caminar. Próximo destino: segundo puente. Dividir el tramo ayuda mentalmente a cansarse menos. Cada uno tiene su estrategia, todo suma. 

Las estampitas, el regalo de casi todo el camino

Aparecen los pasos pintados en las calles y los mensajes de “Te falta menos”, “Dale que llegas”, “Último tramo”. Vuelvo a sonreír y decido no frenar porque volver a empezar puede costar más que mantenerse en marcha. Los boy scouts y la gente que micrófonos en mano nos alientan y nos preguntan de dónde somos contagia el entusiasmo que, a esta altura, se vuelve imprescindible. 

Miro a mi alrededor y hay gente que camina con bastones y va por el kilómetro 50 y algo. Son los que salieron desde Liniers, son los que admiro por su fortaleza y persistencia. Hay grupos, hay gente sola, hay padres con sus bebés, hay adultos mayores, hay jóvenes que vienen cantando, hay gente que se asume como “no creyente” pero que decide caminar “por curiosidad”. Claro que no son la mayoría, pero ahí están emocionados por lo inexplicable que tiene la fe.

Los carteles acompañan a los caminantes. Algunos de ellos con fuertes críticas.

Las calles del interior de Luján son las más coloridas y repletas de stands vendiendo rosarios, imágenes de la Virgen, remeras, pulseras, bidones para agua bendita, bebidas, algo de comida. Faltan 3,5 kilómetros. Estamos cansadas. Parece poco pero ese trayecto se vuelve denso. Pienso que es el recorrido desde mi casa hasta la avenida Colón y Sarmiento. Hago cuentas para sentir más livianas las piernas y agradezco que este año la lluvia que auguraba ser una dificultad fue mejor que el calor intenso de otras caminatas.

La ciudad es un mar de gente. No vamos amontonados pero sí muy cerca e imagino que esto va a ser -y fue- mucho más complejo a medida que pasen las horas. Llegar a la esquina donde doblamos para ver la Basílica desde atrás significa que ya estamos. 

Empiezo de nuevo: me falta poco para llegar. Escucho la música que alienta a hacer los últimos 200 metros que -ahora- me unen a la Basílica de Luján. Hay gente que se abraza, que se conoció en el camino y se agradece por el estímulo brindado. Yo también agradezco. La fe que me mueve cada año y me trae a los pies de la Virgen se hace presente en la inmensidad de la basílica y en la pequeñez de la bella imagen que en el año 1630 decidió quedarse en esta ciudad.

Dicen que fuimos dos millones setecientas mil personas. Yo aseguro que somos cada año más personas las que nos sumamos a este ritual: si es por crisis económica, si es por necesidad o si es por fe pura no lo sé. Me cuesta analizar social, antropológica o comunicacionalmente este movimiento que es, en definitiva, interno y a la vez colectivo.

Por un momento, tengo la esperanza de que algo bueno puede sucedernos.