Equidad: Infancias y Adolescencias

Equidad Nº 4

El encierro punitivo de adolescentes en el Sistema de Responsabilidad Penal Juvenil y sus afectaciones en el confinamiento preventivo, nos invitan a problematizar las medidas de privación de libertad en adolescentes y jóvenes

El encierro punitivo de adolescentes en el Sistema de Responsabilidad Penal Juvenil y sus afectaciones en el confinamiento preventivo, nos invitan a problematizar las medidas de privación de libertad en adolescentes y jóvenes.

Autora: Jennifer Viveros Banderas – Psicóloga - Universidad del Valle - Mag. en Cs Sociales  - EMail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. 

Resumen:

El presente escrito pretende reavivar las discusiones sobre el encierro punitivo del Sistema de Responsabilidad Penal Juvenil a partir de reflexionar en el confinamiento preventivo de adolescentes, implementado como medida preventiva por la pandemia del Covid 19. Este artículo tiene como objetivo señalar algunas de las afectaciones que presentaron los adolescentes en el confinamiento preventivo, para tomarlo como punto de partida para problematizar la medida de privación de libertad en adolescentes y jóvenes. Posteriormente, el texto hace una breve mención sobre el tránsito de adolescentes en las instituciones de encierro penal y las prácticas de castigo disciplinar que se ejercen estos, finalmente se concluye con el sentido de la privación de libertad para la sociedad.

Palabras clave: Adolescentes, Confinamiento, Sistema de Responsabilidad Penal Juvenil, Encierro punitivo, Castigo.

privacionlibertad2En el año 2020 vivimos un evento sin precedente en la historia reciente de la humanidad, experimentamos forzosamente un confinamiento obligatorio que ni en nuestras peores pesadillas podríamos haber anticipado. La pandemia ocasionada por el COVID- 19 nos llevó a recluirnos en nuestras casas -como es sabido- como medida de cuidado para prevenir el contagio y la circulación del virus. 

De repente la vida que conocíamos cambió implicándonos una serie de prácticas de cuidados que modificaron nuestros hábitos y rutinas diarias. Los circuitos de tránsito se redujeron al recorrido en nuestras residencias – y ocasionalmente a los desplazamientos hacia los supermercados, droguerías u otra instancia que conllevara un pasaje corto–. Distinto para quienes se desempañaron como trabajadores esenciales u otros/as para quienes el trabajo presencial era estrictamente esencial pues sus condiciones socio-económicas demandaron su permanencia en las calles para cubrir sus necesidades básicas (vendedores ambulantes, trabajadores de entregas puerta a puerta, etc.). 

Las nuevas prácticas significaron el distanciamiento intermitente o constante con las instituciones, por ejemplo, la educación formal, conllevó un cambio en la modalidad de conexión e intercambio que “modificó de formas diversas al sistema y a las instituciones escolares, alteró la vida de los docentes y alumnos, propuso desafíos pedagógicos y dejó marcas más o menos profundas que condicionaron sus futuros” (Pineau y Ayuso, 2020, p.26). Tomemos un ejemplo: al cerrar las escuelas la educación formal requirió una modalidad diferente, se ejerció a partir de plataformas virtuales. Las instituciones educativas necesitaron nuevas estrategias: administrativos, docentes, estudiantes y familias debieron adecuarse a una realidad emergente y dinámica atravesada por la incertidumbre que implicó las trayectorias académicas (1) ejercidas de manera remota en conjunto con las afectaciones emocionales y psicológicas fomentadas o potenciadas por el contexto de pandemia. Sobre esta base, pensemos en una estudiante de primaria que cuenta con los implementos para hacer una conectividad diaria y con el acompañamiento de un/a adulto/a para realizar sus actividades académicas. Caso contrario, una estudiante que no dispone de los recursos para conectarse a una clase virtual, ni la recepción de las consignas de trabajo, la orientación de un/a adulto/a de manera constante, pues estos deben ocuparse de su empleo y/o del cuidado sus otros/as hijos/as.

Este ejemplo nos permite ver que de acuerdo a las posibilidades y limitaciones de cada caso puede haber continuidad, fluctuación o interrupción en el acceso a determinadas instituciones. En este sentido, la posibilidad de vincularse con dichas instituciones, de establecer y sostener lazo fue mediado por el encuentro virtual, para quienes tenían acceso a redes de comunicación. Para quienes no, podríamos decir, el aislamiento parecería haber sido aún más incisivo e inequitativo. La pandemia dejó en evidencia las vulnerabilidades del sistema social con las infancias y adolescencias, en este sentido, desde el Observatorio de Adolescentes y Jóvenes [OAJ]: (…) en la coyuntura actual las desigualdades que conocemos, vinculadas a la estructura social y a la desigual distribución de ingresos, bienes y servicios básicos, se superponen a otras más nuevas, relacionadas con la conectividad y la dotación de equipos (un celular por familia vs. una computadora por cada miembro de la familia, en el extremo), con consecuencias claras (y nuevamente diferenciadas) para la “continuidad pedagógica” (2020, p.5).

¿Con esto queremos decir que el aislamiento obligatorio cercenó nuestros derechos? (2) No, de lo que se trata es de observar que la pandemia implicó una serie de estrategias, entre ellas la cuarentena estricta, que conllevó cambios en las dinámicas de vida previas al virus, que a su vez afectaron la salud física y mental  de la población y enfáticamente aquella en situación de vulnerabilidad (Unicef, 2021).  En este orden de ideas, lo que permite ver este suceso extraordinario es la inequidad de las sociedades en las que vivimos, puesto que la manera en una familia de un nivel socio-económico medio atravesó el confinamiento no fue la misma forma en que lo hizo una en condiciones de pobreza extrema tanto por la insuficiencia de los recursos desde donde se sitúa como también por las laceraciones económicas y sociales que profundizó el Covid-19 en la región (CEPAL, 2021). Además, y principalmente para fines de este escrito, permite pensar las afectaciones que puede generar el confinamiento en adolescentes, de ahí que esta introducción nos permita acercarnos a la reflexión sobre la privación de libertad de adolescentes, la cual pertenece a un orden jurídico y penal (Ley 22.278/80). 

Afetaciones desiguales del aislamienyo preventivo

Desde ya resaltamos que son objetos y marcos distintos, además de efectuarse y representar distintas significaciones: el confinamiento preventivo se estableció como medida de salud pública para cuidado de la sociedad, se llevó a cabo en la residencia de cada individuo o grupo familiar y sin el estigma social y de castigo que conlleva la trasgresión a la ley (salvo en los casos particulares en que algunos grupos sociales juzgaron a personal de salud y en la intervención de la agencia de control social policial so pretexto del cumplimiento de la normativa preventiva). Por otro lado, la privación de libertad para adolescentes funciona como un mecanismo del fuero jurídico-penal ante la trasgresión a la ley, que implica el retiro del sujeto infractor de su lugar de residencia, de su cotidianidad y afectos. De acuerdo a Daroqui y López, la custodia (encierro punitivo) “resulta entonces eficaz como modelo de coacción-castigo frente a la peligrosidad en clave de defensa social (aísla, segrega e incapacita) y que al mismo tiempo establece una relación con el modelo (ficcional) de reconversión-redención de los sujetos precarios que expresan ciertos grados de indocilidad (siendo ésta la razón esgrimida para la custodia segregativa y no así la primera)” (2012, p.105)

En este orden de ideas, tomar de ejemplo el confinamiento estricto de adolescentes durante la pandemia nos permite reactualizar la mirada sobre la reclusión de adolescentes en centros especializados de responsabilidad penal y retomar la discusión sobre dichas instituciones normalizadoras (3).

 En este sentido, UNICEF (2020) relevó información sobre las afectaciones psicológicas que el contexto de pandemia ha generado en los/las niños/as, adolescentes y jóvenes, refiriendo aspectos como la tristeza, ansiedad, aburrimiento y depresión enmarcados en el aislamiento obligatorio. Este aislamiento representó cierta ruptura del contexto del cual hacen parte los/las adolescentes: la escuela, el encuentro con sus docentes y compañeros/as, el compartir con amistades y con los familiares con los que no conviven. Asimismo, representó la perdida de algún familiar y la imposibilidad de no despedirlos de manera presencial. 

De igual manera, a partir de la aplicación de una encuesta UNICEF (4) (2020) dio a conocer el impacto en la salud mental en 8.444 adolescentes y jóvenes de Latinoamérica y el Caribe, con un rango etario entre los 13 y 29 años. A partir de esta encuesta se reveló que: el 46% presentó desmotivación en la realización de las actividades que solían convocarles, el 27% de los/las reportó tener ansiedad y el 15% depresión. De la cantidad de encuestados el 73% de los/las participantes consideraron necesario pedir ayuda para manejar su salud física y mental pero el 40% de dicho grupo de muestra no la solicitaron. De igual manera, la plataforma U-Report (5) en junio del 2021 realizó un sondeo para conocer específicamente la afectación en la salud mental de adolescentes en Argentina, en la que participaron 989: 176 varones y 727 mujeres, en esta instancia se consultó si hubo la necesidad de pedir ayuda para el manejo de su bienestar psicoemocional, a lo cual el 72% respondió afirmativamente y el 28% negativamente; frente a la pregunta de la causa principal de sus frustraciones o estrés mayoritariamente el 47% refirió incertidumbre sobre el futuro y 17% cambio en las actividades escolares. 

Estos datos aportan un panorama sobre las afectaciones que el contexto de pandemia y el confinamiento generaron en los adolescentes, es notorio que “las dificultades emocionales que sufren los niños y los adolescentes se ven exacerbadas por el estrés en el ámbito familiar, el aislamiento social, la interrupción de la educación y la inseguridad sobre el futuro; todo esto ocurre en momentos críticos de su desarrollo emocional y, en algunos casos, se suma a un aumento de los abusos que padecen” (Naciones Unidas; 2020, p. 3). De igual manera, en el OAJ señalaron para los primeros meses de pandemia afectaciones como: los “(…) problemas de ansiedad y depresión, trastornos de sueño y zozobras del entorno familiar que no puede “filtrar” los problemas de reproducción cotidiana” (2020, p.5).

 A partir de la información expuesta, sería interesante considerar ¿por qué preocuparnos y ocuparnos de las afectaciones que han mencionado los/las adolescentes con la intensidad y la urgencia que pareciera suscitarse ahora en este contexto de pandemia? Si estas problemáticas que se presentan en el confinamiento preventivo: “la pérdida de la rutina y la pérdida de conexión social” (Naciones Unidas; 2020, p. 16) podemos observarlas de manera reiterativa y agravada en el encierro punitivo de adolescentes, ¿no tendría que llamar nuestra atención con una insistencia y preocupación similar? O acaso dichas afectaciones en los/las adolescentes en centros especializados se “justifican” y “deben” ser consecuencia de sus actos? ¿Qué tiene por decir y replantearse el objetivo “pedagógico ” de las instituciones de encierro penal juvenil si acaso la medida de privación de libertad obstaculiza podría generar más padecimiento en vez de un acto “resocializador”? , ¿acaso dichas medidas con fines pedagógicos se sustentan en el castigo? 

Los sentidos del encierro punitivo

Ampliemos un poco la mirada sobre los centros de sujeción para adolescentes y jóvenes infractores en Argentina. En el año 2020 las estadísticas arrojaron unaprivacionlibertad3 cifra de 5104 adolescentes y jóvenes que hacen parte del sistema de responsabilidad juvenil, de los cuales 895 se encuentran con una medida de privación de libertad.  Suárez, Andersen y Pasin (2012) retrataron el tránsito de adolescentes y jóvenes en instituciones de encierro, centrándose en recabar y analizar la información inherente a los rituales de la institución, documentaron las prácticas que ejercen los asistentes (guardias) sobre los cuerpos y mentalidades de adolescentes, enfocándose en detallar los procesos de requisa (que en ocasiones requieren la desnudez y posturas de flexión para examinar que no contenga en su cuerpo algún elemento prohibido), el despojo de elementos personales,  el uso de uniformes (aspecto tendiente a la homogenización)y el aislamiento en el cuarto (celda). 

De igual manera, las autoras resaltaron la violencia que se puede presentar entre los traslados inter-institucionales, los encierros dentro del encierro, entre otras prácticas, que, señalamos, son prácticas de disciplinamiento y control.  Dicho encierro y los dispositivos de disciplinamiento que lo conforman generan una: desarticulación del dominio de los sujetos, no obstante, provoca un cambio en el registro de la subjetividad y aloja la generación de un habitus específico de la vida en el encierro, definido centralmente por las técnicas de subordinación, obediencia y degradación (Suárez, Andersen y Pasin; 2012, p. 18).

En este sentido, señalan Daroqui y Lòpez (2012): detenernos en la estrategia de la segregación, de la separación de los amenazantes e indeseables del resto de la sociedad, es un ejercicio indispensable que permite otorgarle sentido o sentidos diversos a todas las otras formas de ejercicio de poder que atraviesan a los sujetos y que complementan y profundizan dicha estrategia (p. 50).

A partir de las autoras podemos pensar que hay una afectación en los jóvenes que son desarticulados de su entorno social por disposiciones jurídico-penales, en este sentido, el Sistema de Responsabilidad Penal Juvenil continúa sosteniendo un objetivo punitivista de reprimir y condenar al sujeto juvenil infractor no solo a partir de sus prácticas de manipulación corporal y terapéuticas individualizadas (Foucaul, 1976) -que conllevan otra construcción de subjetividades- sino también por la desconexión entre el “ahí” y el “afuera”, es decir, una desarticulación del/la adolescente y las instituciones sociales.

A partir de lo anterior, podemos sostener que el encierro parece continuar  ejerciendo una práctica de castigo y control representando la “selectividad del sistema sobre este núcleo duro de marginalidad, cuya experiencia vital es predominantemente vulnerable e inestable (Guemureman, p.38), de esta manera los sistemas de responsabilidad penal juveniles actúan como dispositivo de control social (De Georgi; 2005) para el gobierno del /la diferente, de las desigualdades, de la pobreza (6), aun así su fundamentación se argumente desde objetivos pedagógicos. 

Es por ello que consideramos imprescindible escudriñar cuáles son los sentidos del encierro punitivo en nuestra sociedad, que quizás, con un mismo interés y genuina preocupación por la población adolescente y juvenil podamos atender: las afectaciones que puede ocasionar la reclusión en un centro especializado como medida sancionatoria para adolescentes, las políticas públicas juveniles de carácter jurídico-penal y las políticas garantistas de derechos en materia de salud, educación, de recreación y deporte, de trabajo (en los casos que corresponda), etc. de la población en mención. De esta manera el foco no estaría puesto en cómo administrar la pena sino como prescindir de ella.

 En este sentido, este escrito pretendió avivar la reflexión sobre las marcas que puede ocasionar el tránsito de adolescentes por las instituciones de encierro punitivo, las constantes vejaciones físicas y psicológicas a las que están expuestos/as y la desconexión de sus entornos próximos, a partir de una aproximación a los padecimientos que el confinamiento preventivo ha generado en adolescentes y jóvenes. Desde este lugar, también consideramos importante pensar qué lugar ocupan esos otros a quienes el sistema penal configura como delincuentes y cómo el mismo marco jurídico-penal contiene una carga moralizante, represiva y punitiva hacia los sectores sociales más vulnerables de la sociedad, quienes históricamente han enfrentado una pandemia de violencias institucionales, falta de recursos y de oportunidades. 

Notas

(1) Nicolás Arata (2020) en su artículo “La escuela frente a la pandemia. Entre la defensa de lo común y la búsqueda de alternativas” y Emilio Tenti Fanfani (2020) en su texto “Escuela postpandemia” realizan aportes para pensar el lugar de la escuela en el contexto de pandemia, de sus agentes, del entorno social y político de la Argentina y sus desafíos.

(2) Las alusiones hechas hasta el momento no cuestionan la política de salud del aislamiento social obligatorio, con la cual acuerda, la intención es poder comprender qué implicaciones tuvo para la población (en especial para los y las adolescentes) y tomarlo de espejo en relación a las afectaciones que genera –en condiciones más limitadas y en un marco jurídico-penal- el encierro punitivo de los/las adolescentes en el sistema de responsabilidad penal.

(3) De acuerdo a Foucault instituciones como la escuela y el ejército ejercen “una serie de procedimientos sutiles, que van desde el castigo físico leve, a privaciones menores y a pequeñas humillaciones. Se trata a la vez de hacer penables las fracciones más pequeñas de la conducta y de dar una función punitiva a los elementos en apariencia indiferentes del aparato disciplinario: en el límite, que todo pueda servir para castigar la menor cosa; que cada sujeto se encuentre prendido en una universalidad castigable-castigante” (1976, p.165-166). Cabe decir, dicho castigo también es ejercido por las instituciones jurídico-penales.

(4) La encuesta a la que se hace alusión es: “El impacto del COVID-19 en la salud mental de adolescentes y jóvenes”

(5) La encuesta referida es: “Impacto de la Pandemia por Covid-19 en la Salud Mental de las y los adolescentes”.

(6) A este respecto señalamos que, “las instituciones penales deben verse en su interrelación con otras instituciones y con aspectos no penales de la política social. En efecto, la política penal sólo es un elemento dentro de una estrategia más amplia para controlar a los pobres, conforme a la cual las fábricas, los talleres, la legislación para los pobres y, desde luego, el mercado laboral, desempeñan un papel decisivo” (Garland, 1999, p.114).

Bibliografía

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 Fotos ilustrativas del artículo: UNICEF